miércoles, 26 de septiembre de 2012

CAPITULO 60: LA PRESUNCION DE SAUL

DESPUÉS de la asamblea de Gilgal, Saúl licenció el ejército que había acudido a su llamamiento para destruir a los amonitas. Sólo retuvo una reserva de dos mil hombres que habían de permanecer apostados bajo su mando en Michmas, y mil hombres para que asistieran a su hijo Jonatán en Gabaa. Esto fue un grave error. Su ejército se había llenado de esperanza y ánimo con la victoria reciente; y si él hubiera procedido inmediatamente contra otras naciones enemigas de Israel, habría dado un golpe decisivo en pro de las libertades de la nación.
Mientras tanto, sus belicosos vecinos, los filisteos, estaban activos. Aun después de la derrota de Eben-ezer, habían conservado algunos fortines en las colinas de la tierra de Israel; y ahora se establecieron en el mismo corazón del país. En cuanto a facilidades, armas y equipo en general, los filisteos tenían una gran ventaja sobre Israel. Durante el largo período de su opresión, habían procurado acrecentar su poder prohibiéndoles a los israelitas que practicaran el oficio de herreros, no fuera que se fabricaran armas de guerra. Una vez hecha la paz, los hebreos hubieron de seguir acudiendo a las guarniciones filisteas para los trabajos de esa clase que necesitaban. Dominados por el amor a la comodidad, y por el espíritu abyecto que creara la larga opresión, los hombres de Israel habían descuidado, en alto grado, el proporcionarse armas de combate. En la guerra se usaban arcos y hondas, y los israelitas podían obtener estas cosas; pero ninguno de ellos, excepto Saúl y su hijo Jonatán, poseían una lanza o una espada. (1 Sam. 13: 22.) Hasta el segundo año del reinado de Saúl no se hizo esfuerzo alguno por subyugar a los filisteos. El primer golpe fue dado por Jonatán, el hijo del rey, que atacó y venció la fortaleza de Gabaa. Los filisteos exasperados por la derrota que habían sufrido, se dispusieron a atacar con celeridad a Israel. Saúl mandó entonces proclamar la guerra a son de trompeta en toda la tierra, para llamar a todos los hombres de guerra, inclusive las tribus de allende el Jordán, a fin de que se reunieran en Gilgal. Esta orden y citación fue obedecida. Los filisteos habían reunido un enorme ejército en Michmas, "treinta mil carros, y seis mil caballos, y pueblo como la arena que está a la orilla de la mar en multitud." (1 Sam. 13: 5.) Cuando lo llegaron a saber Saúl y su ejército en Gilgal, el pueblo se atemorizó al pensar en las enormes fuerzas que habría de arrostrar en batalla. No estaba preparado para ello, y muchos estaban tan aterrorizados que rehuían la prueba de un encuentro. Algunos atravesaron el Jordán, en tanto que otros se escondieron en cuevas y hoyos, y entre las rocas que abundaban en aquella región. A medida que se acercaba la hora de la batalla, el número de desertores aumentaba, y los que no se habían retirado de sus puestos estaban llenos de temor y de presentimientos desfavorables. Cuando Saúl fue ungido rey de Israel, había recibido de Samuel instrucciones precisas acerca de la conducta que debía seguir en esa ocasión. "Bajarás delante de mi a Gilgal -le había dicho el profeta;- y luego descenderé yo a ti para sacrificar holocaustos, e inmolar víctimas pacíficas. Espera siete días, hasta que yo venga a ti, y te enseñe lo que has de hacer." (1 Sam. 10: 8.) Saúl estuvo aguardando un día tras otro, pero sin hacer esfuerzos decididos por animar al pueblo ni inspirarle confianza en Dios. Antes que hubiera expirado el plazo señalado por el profeta, se impacientó por la tardanza, y se dejó desalentar por las circunstancias difíciles que le rodeaban. En vez de procurar fielmente preparar al pueblo para el servicio que Samuel iba a celebrar, cedió a la incredulidad y los funestos presentimientos. Buscar a Dios por medio del sacrificio era una obra muy solemne e importante; y Dios exigía que su pueblo escudriñara sus corazones y se arrepintiera de sus pecados, para que la ofrenda le fuera aceptable y su bendición pudiera acompañar sus esfuerzos por vencer al enemigo. Pero Saúl se había vuelto inquieto; y el pueblo, en vez de confiar en Dios y en su ayuda, quería ser dirigido por el rey a quien había escogido. Sin embargo, el Señor seguía interesándose en ese pueblo, y no lo entregó a los desastres que le habrían sobrevenido si el brazo frágil de la carne hubiera sido su único sostén. Lo puso en estrecheces para que pudiese convencerse de cuán insensato es fiar en el hombre, y para que se volviera a él como a su única fuente de auxilio. Había llegado la hora de la prueba para Saúl. Debía él demostrar si quería o no depender de Dios y esperar con paciencia en conformidad con su mandamiento, revelando así si era hombre en quien Dios podía confiar como soberano de su pueblo en estrecheces, o si iba a vacilar y revelarse indigno de la sagrada responsabilidad que había recaído en él. ¿Escucharía el rey escogido por Israel al Soberano de todos los reyes? ¿Dirigiría él la atención de sus soldados pusilánimes hacia Aquel en quien hay fuerza y liberación sempiternas? Con impaciencia creciente esperaba Saúl la llegada de Samuel, y atribuía la confusión, la angustia y la deserción de su ejército a la ausencia del profeta. Llegó el momento señalado, pero el varón de Dios no apareció inmediatamente. La providencia de Dios había detenido a su siervo. Pero el espíritu inquieto e impulsivo de Saúl no pudo ser refrenado por más tiempo. Creyendo que debía hacerse algo para calmar los temores del pueblo, resolvió convocar una asamblea para el servicio religioso, e implorar la ayuda divina mediante el sacrificio. Dios había ordenado que sólo los que habían sido consagrados para el servicio divino podían presentarle los sacrificios. Pero Saúl mandó: "Traedme holocausto y sacrificios pacíficos" (véase 1 Samuel 13, 14), y así como estaba, equipado con su armadura y sus armas de guerra, se acercó al altar y ofreció el sacrificio delante de Dios. "Y como él acababa de hacer el holocausto, he aquí Samuel que venía; y Saúl le salió a recibir para saludarle." Samuel vio en seguida que Saúl había obrado contrariamente a las instrucciones expresas que se le habían dado. El Señor había dicho por medio del profeta que en esa ocasión revelaría lo que Israel debía hacer en esta crisis. Si Saúl hubiera cumplido las condiciones bajo las cuales se prometió la ayuda divina, el Señor habría librado maravillosamente a Israel mediante los pocos que permanecieran fieles al rey. Pero Saúl estaba tan satisfecho de sí mismo y de su obra, que fue al encuentro del profeta como quien merecía alabanza y no desaprobación. El semblante de Samuel estaba cargado de ansiedad y tribulación; pero a su pregunta: "¿Qué has hecho?" Saúl contestó excusando su acto de presunción y dijo: "Vi que el pueblo se me iba, y que tú no venías al plazo de los días, y que los Filisteos estaban juntos en Michmas, me dije: Los Filisteos descenderán ahora contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová. Esforcéme pues, y ofrecí holocausto. "Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios, que él te había intimado; porque ahora Jehová hubiera confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Mas ahora tu reino no será durable: Jehová se ha buscado varón según su corazón, al cual Jehová ha mandado que sea capitán sobre su pueblo.... Y levantándose Samuel, subió de Gilgal a Gabaa de Benjamín." O Israel debía dejar de ser el pueblo de Dios, o el principio en que se fundaba la monarquía debía mantenerse y la nación debía ser gobernada por un poder divino. Si Israel quería pertenecer enteramente al Señor, si la voluntad de lo humano y de lo terrenal se mantenía en completa sujeción a la voluntad de Dios, él continuaría siendo el Soberano de Israel. Sería él su defensa mientras el rey y el pueblo se condujeran como subordinados a Dios. Pero ninguna monarquía podía prosperar en Israel si no reconocía en todas las cosas la autoridad suprema de Dios. Si en esta hora de prueba Saúl hubiera demostrado alguna consideración por los requerimientos divinos, el Señor podría haber realizado su voluntad por medio de él. Al fracasar entonces demostró que no era apto para desempeñar el cargo de vicegerente de Dios ante su pueblo. Más bien descarriaría a Israel. Su voluntad, y no la voluntad de Dios, sería el poder dominador. Si Saúl hubiera sido fiel, su reino se habría afirmado para siempre; pero en vista de que había fracasado, el propósito de Dios debía ser alcanzado por medio de otro. El gobierno de Israel debía ser confiado a quien gobernara al pueblo de acuerdo con la voluntad del Cielo. No sabemos cuáles son los grandes intereses que pueden hallarse en juego cuando Dios nos prueba. No hay seguridad excepto en la obediencia estricta a la palabra de Dios. Todas sus promesas se han hecho bajo una condición de fe y obediencia, y el no cumplir sus mandamientos impide que se cumplan para nosotros las abundantes provisiones de las Escrituras. No debemos seguir nuestros impulsos, ni depender de los juicios de los hombres; debemos mirar a la voluntad revelada de Dios y andar de acuerdo con sus mandamientos definitivos, cualesquiera que sean las circunstancias. Dios se hará cargo de los resultados; mediante la fidelidad a su palabra podemos demostrar en la hora de las pruebas, delante de los hombres y de los ángeles, que el Señor puede confiar en que aun en lugares difíciles cumpliremos su voluntad, honraremos su nombre, y beneficiaremos a su pueblo. Saúl había perdido el favor de Dios, y sin embargo no quería humillar su corazón con arrepentimiento. Lo que le faltaba en piedad verdadera, quería suplirlo con su celo en las formas religiosas. Saúl no desconocía la derrota sufrida por Israel cuando el arca de Dios fue llevada al campamento por Ophni y Phinees; y a pesar de esto resolvió mandar que trajeran el arca sagrada y al sacerdote que la atendía. Si por estos medios lograba inspirar confianza al pueblo, esperaba que podría reorganizar su ejército disperso, y presentar batalla a los filisteos. Ya no necesitaría la presencia y el apoyo de Samuel, y así se libraría de la crítica y los reproches del profeta. El Espíritu Santo había sido otorgado a Saúl para iluminar su entendimiento y ablandar su corazón. Había recibido instrucciones fieles y reproches sinceros del profeta de Dios. Y sin embargo, ¡cuánta perversidad manifestaba! La historia del primer rey de Israel representa un triste ejemplo del poder de los malos hábitos adquiridos durante la primera parte de la vida. En su juventud Saúl no había amado ni temido a Dios; y su espíritu impetuoso, que no había aprendido a someterse en temprana edad, estaba siempre dispuesto a rebelarse contra la autoridad divina. Los que en su juventud manifiestan una sagrada consideración por la voluntad de Dios y cumplen fielmente los deberes de su cargo, quedarán preparados para los servicios más elevados de la otra vida. Pero los hombres no pueden pervertir durante años las facultades que Dios les ha dado y luego, cuando decidan cambiar de conducta, encontrar estas facultades frescas y libres para seguir un camino opuesto. Los esfuerzos de Saúl para despertar al pueblo resultaron fútiles. Encontrando que sus fuerzas habían sido reducidas a seiscientos hombres, se fue de Gilgal, y se retiró a la fortaleza de Gabaa, recién librada de filisteos. Estaba este baluarte en el borde meridional de un valle profundo y escarpado o desfiladero, a pocas millas al norte de Jerusalén. Al norte del mismo valle, en Michmas, acampaba el ejército filisteo, y salían destacamentos en diferentes direcciones para saquear el país. Dios había permitido que las cosas culminaran en esa crisis, para poder reprender la perversidad de Saúl y enseñar al pueblo una lección de humildad y de fe. A causa del pecado de presunción cometido por Saúl al presentar su sacrificio, el Señor no quiso darle el honor de vencer a los filisteos. Jonatán, el hijo del rey, hombre que temía al Señor, fue escogido como el instrumento que había de liberar a Israel. Movido por un impulso divino, propuso a su escudero que hicieran un ataque secreto contra el campamento del enemigo. "Quizá -dijo él- hará Jehová por nosotros; que no es difícil a Jehová salvar con multitud o con poco número." El escudero, que también era hombre de fe y oración, le alentó en su plan, y juntos se retiraron secretamente del campamento, no fuese que sus propósitos encontraran oposición. Después de orar con fervor al Guía de sus padres, convinieron en una señal por medio de la cual determinarían su modo de proceder. Luego, bajando a la garganta que separaba los dos ejércitos, avanzaron en silencio, a la sombra de la roca a pique, y parcialmente ocultados por los montículos del valle. Al aproximarse al fuerte filisteo, fueron vistos por sus enemigos, quienes exclamaron en tono insultante: "He aquí los Hebreos, que salen de las cavernas en que se habían escondido," y los desafiaron diciéndoles: "Subid a nosotros, y os haremos saber una cosa," con lo cual querían decir que castigarían a los dos israelitas por su atrevimiento. Este reto era la señal que Jonatán y su compañero habían convenido en aceptar como testimonio de que el Señor daría éxito a su empresa. Desapareciendo entonces de la vista de los filisteos, y escogiendo un sendero secreto y difícil, los guerreros se dirigieron a la cumbre de una peña que había sido considerada inaccesible, y que no estaba muy resguardada. Penetraron así en el campamento del enemigo, y mataron a los centinelas, que, abrumados por la sorpresa y el temor, no ofrecieron resistencia alguna. Los ángeles del cielo escudaron a Jonatán y a su acompañante; pelearon a su lado, y los filisteos sucumbieron delante de ellos. La tierra tembló como si se aproximara una gran multitud de soldados a caballo y carros de guerra. Jonatán reconoció las muestras de ayuda divina, y hasta los filisteos comprendieron que Dios obraba por el libramiento de Israel. Un gran temor se apoderó de la hueste enemiga, tanto en el campo de batalla como en la guarnición. En la confusión que siguió, tomando equivocadamente a sus propios soldados como enemigos, los filisteos comenzaron a matarse mutuamente. Pronto se oyó en el campamento de Israel el ruido de la batalla. Los centinelas del rey le informaron que había una gran confusión entre los filisteos, y que su número estaba disminuyendo. Sin embargo, no había noticia de que alguna parte del ejército hebreo hubiera salido del campamento. Al inquirir sobre el asunto, se comprobó que nadie se había ausentado del campamento excepto Jonatán y su escudero. Pero viendo que los filisteos iban perdiendo, Saúl llevó su ejército a participar en el asalto. Los desertores hebreos que se habían pasado al enemigo se volvieron ahora contra él; gran número salió también de sus escondites, y mientras los filisteos huían el ejército de Saúl les infligió terribles estragos. Resuelto a aprovechar hasta lo sumo su ventaja, el rey prohibió precipitadamente a sus soldados que comieran alimento alguno durante todo el día, y reforzó su mandamiento por esta solemne imprecación: "Cualquiera que comiere pan hasta la tarde, hasta que haya tomado venganza de mis enemigos, sea maldito." Ya se había ganado la victoria, sin el conocimiento ni la cooperación de Saúl; pero él esperaba distinguirse mediante la destrucción total del ejército derrotado. La orden de no comer fue motivada por una ambición egoísta, y demostraba que el rey era indiferente a las necesidades de su pueblo cuando ellas contrariaban su deseo de ensalzamiento propio. Y al confirmar esta prohibición mediante un juramento solemne, demostró Saúl que era profano a la vez que temerario. Las palabras mismas de la maldición atestiguan que el celo de Saúl era en favor suyo, y no para la gloria de Dios. Declaró que su propósito no era "que el Señor fuese vengado de sus enemigos," sino "que haya tomado venganza de mis enemigos." La prohibición dio lugar a que el pueblo violase el mandamiento de Dios. Habían estado peleando todo el día, y se sentían débiles por falta de alimento; y tan pronto como terminaron las horas abarcadas por la restricción, cayeron sobre el botín de guerra, y devoraron carne con sangre, violando así la ley que prohibía comer sangre. Durante la batalla, Jonatán, que nada sabia del mandamiento del rey, lo violó inadvertidamente al comer un poco de miel mientras pasaba por el bosque. Saúl lo supo por la noche. Había declarado que la violación de su edicto sería castigada con la muerte. Aunque Jonatán no se había hecho culpable de un pecado voluntario, a pesar de que Dios le había preservado la vida milagrosamente y había obrado la liberación por medio de él, el rey declaró que la sentencia debía ejecutarse. Perdonar la vida a su hijo habría sido de parte de Saúl reconocer tácitamente que había pecado al hacer un voto tan temerario. Habría humillado su orgullo personal. "Así me haga Dios -fue la terrible sentencia- y así me añada, que sin duda morirás, Jonathán." Saúl no podía atribuirse el honor de la victoria, pero esperaba ser honrado por su celo en mantener la santidad de su juramento. Aun a costa del sacrificio de su hijo, quería grabar en la mente de sus súbditos el hecho de que la autoridad real debía mantenerse. Hacía poco que, en Gilgal, Saúl había pretendido oficiar como sacerdote, contrariando el mandamiento de Dios. Cuando Samuel le reprendió, se obstinó en justificarse. Ahora que se había desobedecido a su propio mandato, a pesar de que era un desacierto y había sido violado por ignorancia, el rey y padre sentenció a muerte a su propio hijo. El pueblo se negó a permitir que la sentencia fuese ejecutada. Desafiando la ira del rey, declaró: "¿Ha pues de morir Jonathán, el que ha hecho esta salud grande en Israel? No será así. Vive Jehová, que no ha de caer un cabello de su cabeza en tierra, pues que ha obrado hoy con Dios." El orgulloso monarca no se atrevió a menospreciar este veredicto unánime, y así se salvó la vida de Jonatán. Saúl no pudo menos de reconocer que su hijo le era preferido tanto por el pueblo como por el Señor. La salvación de Jonatán constituyó un reproche severo para la temeridad del rey. Presintió que sus maldiciones recaerían sobre su propia cabeza. No prosiguió ya la guerra contra los filisteos, sino que regresó a su pueblo, melancólico y descontento. Los que están más dispuestos a excusarse o justificarse en el pecado son a menudo los más severos para juzgar y condenar a los demás. Muchos, como Saúl, atraen sobre sí el desagrado de Dios, pero rechazan los consejos y menosprecian las reprensiones. Aun cuando están convencidos de que el Señor no está con ellos, se niegan a ver en sí mismos la causa de su dificultad. Albergan un espíritu orgulloso y jactancioso, mientras se entregan a juzgar y reconvenir cruel y severamente a otros que son mejores que ellos. Sería bueno que cuantos se constituyen en jueces meditasen en estas palabras de Cristo: "Con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir." (Mat. 7: 2.) A menudo los que procuran ensalzarse se ven puestos en situaciones que revelan su carácter. Así pasó en el caso de Saúl. Su conducta convenció al pueblo de que apreciaba el honor y la autoridad reales más que la justicia, la misericordia o la benevolencia. Así fue inducido a ver el error que había cometido al rechazar la forma de gobierno que Dios le había dado. El pueblo había renunciado al profeta piadoso, cuyas oraciones habían traído grandes bendiciones, por un rey que en su celo ciego había impetrado una maldición sobre ellos. Si los hombres de Israel no hubieran intervenido para salvar la vida de Jonatán, su libertador habría perecido por decreto del rey. ¡Con qué dudas y vacilaciones debe haber seguido aquel pueblo desde entonces la dirección de Saúl! ¡Cuán amargo les habrá sido pensar que había sido colocado en el trono por decisión de ellos mismos! El Señor soporta por mucho tiempo los extravíos de los hombres, y a todos les otorga la oportunidad de ver y abandonar sus pecados; pero aun cuando parecería que hace prosperar a los que menosprecian su voluntad y pasan por alto sus advertencias, pondrá oportuna y seguramente de manifiesto la insensatez de ellos.

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